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Rolando Valle no puede parar

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Rolando Valle no puede parar
10/02/2021
Autor: 
Periódico Invasor
Fuente: 
Comunicación UJC

A Roly nadie le dijo que tenía que cantar Felicidades, aplaudir a los pacientes de alta o bromear cuando reparte el yogurt. Esas son cosas que su naturaleza le lleva a hacer, a pesar de que en todo el día apenas descansa.

Como desde hace unos días ha dejado su Museo Caonabo para internarse en la Zona Roja del hospital de campaña montado en la facultad de Ciencias Médicas de Morón, Invasor se interesa por saber cómo un muchacho dedicado a la historia se hace parte de ella, de la lucha colectiva donde hoy tiene uno de los primeros puestos.

Más o menos eso pensó él, la noche en que le avisaron, y tuvo que sobreponerse a los miedos de sus padres. Pero en vez de hacerlo en términos de contagios y protección, Rolando pensó en Nubia (Detenerme no puedo, ¡Oh, madre mía!), sentimental como es, y a las 5:00 de la mañana del otro día ya estaba en las puertas del centro de aislamiento.

• De su amor por la historia.

Aprovechando su día de descanso, cuenta acerca de la experiencia. De fondo, el ajetreo no para. Por lo primero que pregunto es por la seguridad, aunque eso por él lo hace mucha gente.

"Aquí nos dan todo. Bata, sobrebata, careta, nasobuco y guantes. Constantemente nos cambiamos los guantes, la careta y el nasobuco. Cada vez que salimos de la Zona Roja nos fumigamos con hipoclorito y nos lavamos las manos."

De nada sirve que tenga el protocolo aprendido de memoria: desde el museo y la Dirección Municipal de Cultura le llueven las recomendaciones y los mensajes de preocupación. "Roly, lávate bien las manos." "Roly cuídate mucho." Nadie está tranquilo cuando "el niño" está ahí dentro arriesgando su salud, y todo lo que se puede hacer desde fuera es confiar en su buen juicio.

"Aquí trabajo en el pantry. Llevo las comidas y las meriendas a los pacientes y, además, los ayudo con los cambios de ropa, les llevo lo que necesitan."

Entre una cosa y otra se le pasa el día. "Entramos a las 8:00 de la mañana a trabajar. Inmediatamente tengo que repartir el desayuno. Luego ayudo a llevarles sábanas y batas limpias a los pacientes, porque todos los días se hace cambio de ropa. Casi no me da tiempo porque a las 10:00 am toca la primera merienda. Después del almuerzo, por la tarde, les llevamos agua y lo que les haga falta, jabón, toallas, papel sanitario. Hay que repartir también la comida y la merienda de por la noche, a las 10:00 pm. Pero, aunque por la noche podemos descansar un poco, de todas maneras no podemos dormir, porque hay que ayudar a los médicos, que son poquitos, y muchos pacientes."

Concretamente, hay 56. Han tenido hasta 70, y la cantidad de camas es para 109, cuenta él. Rolando ya conoce a unos cuantos. Cita algunos nombres, sabe a qué se dedican y de dónde son. Sabe cuáles son sus miedos y quién les preocupa.

"Yo intento siempre jaranear con ellos, intentar que dejen los nervios." Son pacientes asintomáticos, y malestar físico no tienen, pero nadie puede estar tranquilo si los hijos o los padres están fuera, a la espera de un resultado que decida a dónde van.

• Otras historias de bondad ya cosecha ese hospital de campaña.

"Nosotros enseguida los calmamos, no podemos acercarnos porque están enfermos, pero disimulamos un poco y les damos cariño. Ellos tienen mucho miedo. Cuando llega el día del PCR se ponen muy nerviosos, y algunos tienen hijos menores de edad que tienen que ingresarse solos. Los médicos, que son muy profesionales, los tranquilizan, y nosotros intentamos ayudar."

Así anda Rolando. Preocupado por sus padres, de aquí para allá todo el día. Con la camiseta de la Universidad de Camagüey, donde se hizo historiador, y loco por volver a su Museo. Y si no fuera porque a un periódico le interesa su historia, de esos ajetreos no le contara a nadie. Detenerse no puede, hay 56 avileños esperando por él.

Tomado del Invasor

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