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Salud

Hay dos características que van tipificando el diario de la Covid-19: la elevada dispersión y la cantidad de menores de 18 años involucrados, penosamente muchos menores de un año y seis meses, que tienen un alto número de contactos, algo que debería ser totalmente diferente si los padres asumen la responsabilidad que les corresponde con sus bebés.

Tan corta como su existencia en este mundo es su trayectoria como trabajador. Sin embargo, la responsabilidad y entrega que demanda su desempeño, supera con creces su aún principiante vida y ejercicio laboral.

Pequeña, más bien callada, hoy ejerce su profesión como médico en un consultorio del Médico de la Familia, en el reparto Martí, en el municipio capitalino, del Cerro. Según cuenta, no había terminado la carrera cuando se trasladó a La Habana, pues su novio, Reinier Espinosa, se mudó para la capital.

Vinculados a estas últimas, instituciones científicas ya arrojan una cifra de entre 50 y 200 síntomas detectables en ese estadio posterior al fin de la infección dentro del organismo, en el cual perduran, no obstante, algunos signos clínicos como parte de un cuadro que han dado en llamar «Covid Persistente».

Este es mi hijo Juany, tiene 24 años de edad. Él es uno más entre los tantísimos jóvenes cubanos que hace más de un año no visitan un teatro, un cine, ni organizan un día de playa o una fiesta entre amigos.

Un acto de infinito amor para salvar vidas humanas guio este lunes a jóvenes que desde una punta hasta la otra de nuestro archipiélago se fueron a los bancos de sangre de sus territorios y extendieron su brazo como donantes voluntarios para asegurar importantes tratamientos dentro de nuestro sistema de Salud.

Son las poco más de las seis de la mañana, Manuel Antonio Villas despierta con una alarma, digamos peculiar. Cerca se encuentra José Julián con su estilo más pausado, más reflexivo. Son amigos y comparten un espacio físico, el centro de aislamiento de Alamar VI.

Desde hace siete días, el mundo se reduce a estas paredes. Afuera está la familia, los amigos, el trabajo, la vida de antes. A veces dudo de si alguna vez podremos volver a la vida tal como la conocíamos, si alguna vez existió. Esta gente vestida de verde, de la cual solo hemos visto los ojos, es una promesa de que sí.

Desde la aparición de la COVID-19 en marzo del 2020 y ante la suspensión de las actividades docentes, gran parte de los estudiantes, al salir de sus centros educativos, no quedaron inactivos. Dieron el paso al frente para combatir una enfermedad que, por momentos, se vuelve más peligrosa y contagiosa.

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